Lunes , 23 enero 2017

Presidenciables

Presidenciables

(¿A qué juego el Presidente?)

La primer decisión de todo hombre que se sienta en “la silla”, es saber de antemano quién será su sucesor; o, por lo menos, quién NO quieren que sea. No son los electores, tampoco es el partido. El hombre en el poder “lleva mano” y, si bien no siempre se cumple su designio, el juego gira alrededor de su intención. Quienes apoyan y quienes resisten. Todo proceso de sucesión es un digno caso de estudio político (la configuración del poder) y psicológico (el hombre).

El jueves pasado atestigué como millones de mexicanos los cambios en el gabinete del gobierno federal. Algunos nuevos nombres, otros tantos enroques, pero nada que indicara un cambio trascendental. Si acaso, dos observaciones más allá de los nombres. Primero, al viejo estilo del PRI, los cambios en gabinete son “masivos”. Varios movimientos a la vez: diez para ser preciso. Segundo, la trascendencia de lo sucedido nada tiene que ver con una lógica administrativa. Lo sucedido apunta en una sóla dirección: la sucesión en el 2018. Peña Nieto necesita “caballos en el arrancadero”.

Hacer mención de Luis Videgaray Caso, Secretario de Hacienda o Miguel Ángel Osorio Chong, Secretario de Gobernación como posibles “alfiles” en la sucesión carece de novedad. Algunos se preguntan, con la economía estancada y la fuga del “Chapo” Guzmán, ¿por qué los mantiene en sus posiciones? ¿Por qué aparecen como inamovibles? ¿Se trata de un capricho presidencial, de una complicidad imposible de romper o, hasta de una amistad infranqueble? O bien, ¿ es parte de una estrategia presidencial?

Jorge Castañeda estudió con gran precisión las sucesiones presidenciales en México desde 1970 hasta el 2000. Aunque intenta deslindarse de una posible teoría de las sucesiones, presenta una fundamentada hipótesis sucesoria, denominada de tipología binaria. En su libro, La Herencia. Arqueología de la Sucesión Presidencial en México (Alfaguara, 1999), distingue las sucesiones “por destapes anticipado” (es decir, por elección o decisión) de los “destapes por descarte” o por eliminaciones o aproximaciones sucesivas.

Mientras las sucesiones por destapes anticipados fueron realizadas por Echeverría, Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari, las de descarte o por eliminación fueron propias a Gustavo Díaz Ordaz y José López Portillo.

En los primeros tres casos, los presidentes en turno prepararon y lanzaron a sus sucesores: José López Portillo, Carlos Salinas y Luis Donaldo Colosio. En una feria de engaños y señales para abrir el abanico y evitar desgastar al elegido, el presidente juega con los precandidatos, los anima, les da falsas señales, guiños que no son tales. Es el simple y puro maquiavelismo de palacio. Aparentemente, tiene una virtud esta vertiente: los candidatos no se destruyen entre sí, a pesar de los golpes bajos. En palabras de Castañeda: “la gran desventaja de la sucesión anticipada radica en su indefectible recurso al engaño: para impedir que el candidato preseleccionado sea devorado por sus rivales, por la prensa o por los enemigos del régimen, es preciso que figuren varios competidores en la contienda” (p. 463). Este método de selección permite pensar al presidente saliente que habrá gratitud por parte del ungido, cuando no la posibilidad de conservar áreas de influencia y de poder.

Por su parte, los dos casos restantes se distinguen por una misma variable: ambos llegaron al poder sin un equipo. En el camino, fueron perdiendo a “sus amigos”. Así lo dice el autor de La Herencia: “Tal vez porque José López Portillo cobró conciencia poco a poco del costo de colocar a un compañero de juventud en Los Pinos, desistió de intentarlo. O quizá, y más probablemente, fue perdiendo a sus candidatos amigos en el camino, y al final acabó como Díaz Ordaz: designando a un candidato cuya fortaleza consistía en ser la única carta posible y restante; todos los restantes ya habían sido descartados por otros motivos. Otra similitud con ese antecedente es cómo la sensación de engaño permeó todo el prceso” (p. 385). En esta misma tipología parece el autor colocar también el “destape” de Zedillo en 1994.
En síntesis, “ganar una contienda por descarte constituye una hazaña desobrevivencia y suerte; recorrer indemne el trayecto entero de una sucesión anticipada constituye una proeza de disciplina y ambición” (p. 472). La sucesión es tragedia y lotería; triunfos y derrotas que pueden destruir físicamente a los protagonistas. Este drama no es registrado por las grandes teorías. Detrás de ellas hay hombres y mujeres de carne y hueso; por ello muchas decisiones definitorias no se deben a condiciones estructurales sino simple y llanamente a pasiones o a las percepciones de los actores.

De los diez movimientos del gabinete, destacan dos: Aurelio Nuño Mayer, Secretario de Educación Pública y José Antonio Meade, Secretario de Desarrollo Social. Dos nuevos inquilinos de la carrera presidencial. Sus nombres se unen a los de Videgaray, Chong y Manlio Fabio Beltrones, presidente del PRI.

Entonces, ¿usted qué opina? ¿Estamos ante una sucesión por “destape” o por “descarte”? Al tiempo.

Que así sea.

Twitter: @juanmejia_mzt

juanalfonsomejia@hotmail.com

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