Jueves , 25 Mayo 2017
Treinta y ocho personas en pugna

Treinta y ocho personas en pugna

Por: Juan B. Ordorica (@juanordorica)

Tras varias escaramuzas legislativas, se aprobó en el Congreso del Estado la reducción de diputados y regidores. Lo que parece ser una iniciativa aceptada y aplaudida por todos los sectores de la sociedad puede llevar un dardo cargado de veneno a la hora de su ejecución y promulgación.

Durante los días pasados el Congreso se convirtió en una especie de reality show a la hora de sacar adelante la propuesta del gobernador de reducir la cantidad de diputados y regidores (en honor a la verdad el primero en presentar la propuesta fue el diputado Yamuni del PAN).

Por una parte, Roberto Cruz, presidente de la mesa directiva, sostenía con argumentos que la sesión realizada el día martes 28 de marzo era ilegal por no haber seguido los procedimientos que marcan los reglamentos internos del congreso.

Por otra parte, la Junta de Coordinación Política, representada por Irma Tirado, utilizaba una serie de vericuetos de los malhechos reglamentos internos para llevar a cabo la sesión.

Al final la historia es conocida: Roberto Cruz insistió hasta el final que las formas no eran las correctas y Maribel Chollet, en un desplante de ocurrencia, se levantó y toco la campana para dar inicio la sesión.

En primera instancia, oponerse a realizar la sesión de parte de Roberto Cruz parece un berrinche de protagonismo sin validez en sus argumentos. Aquí es donde entran las treinta y ocho personas en pugna:

En una de las obras máximas de Sideny Lumet, “Doce hombres en Pugna”, nos regala una dramática historia de un grupo de doce hombres que integran un jurado y se ven obligados a juzgar la inocencia o culpabilidad de un joven asesino. A primera vista todas las pruebas apuntan a la culpabilidad del joven, y los antecedentes del delincuente apoyan una rápida sentencia. Once hombres deciden, en menos de diez minutos, declarar culpable al joven. Un solo hombre en solitario se opone y decide que no es suficiente tiempo para analizar las pruebas (nunca se opone a la culpabilidad, únicamente le pide al resto analizar las cosas con calma y seriedad) el resto de los jurados se inconforma y lo injurian. Todos quieren salir de ahí y declarar la culpabilidad a la brevedad.

El hombre en solitario se impone. Uno a uno del resto de los jurados va siendo convencido y al final todos analizan el caso con seriedad (no les voy a contar el final de la sentencia). Lo interesante del drama radica en que todos los miembros del jurado tenían una razón diferente para salir de ahí a la brevedad. Unos querían ir a un juego de béisbol, otros temían que los atraparan en falsedad de declaraciones, algunos más les urgía salir de viaje, etc. Las razones de la inmediatez de sus decisiones eran variadas, pero todas sumadas podían juzgar algo incorrectamente.

Roberto Cruz estuvo en una situación similar. Él nunca se opuso a votar en contra de la iniciativa, únicamente pretendía que sus compañeros se tomaran la molestia de pensar las cosas con claridad y hacer las cosas correctamente.

Cada una de las treinta y ocho personas en pugna tenía un motivo diferente para aprobar esa ley: Los Priistas por quedar bien con su jefe máximo, Quirino; El PAS pretendía obedecer los designios de Amadísimo Líder; las comparsas del Verde Y Nueva Alianza de ninguna manera querían contravenir los designios de sus patrocinadores priistas… y el PAN, simplemente, no quería votar en contra una ley que la sociedad esperaba desde hace mucho tiempo.

No está mal tener diferentes intereses, pero la prudencia llama a tomarse el tiempo suficiente para hacer las cosas con seriedad. El veneno de lo inmediato puede matar el más altruista de los actos.

Roberto Cruz fue enjuiciado por solicitar una salida correcta a las calenturas del gobernador y sus diputados en el congreso. Como el drama de Lumiet, la pugna no radica en las razones del voto, radica en la irresponsabilidad de sacar todo a máxima velocidad sin utilizar el mínimo de análisis y certeza.

Lo dicho: este gobierno da prioridad a las ocurrencias y castiga el más mínimo intento de utilizar l razón, aun cuando la razón sea para poyar las ocurrencias

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