jueves , 6 mayo 2021

Día del Niño. Las travesuras de Malova y de sus funcionarios

Día del Niño. Las travesuras de Malova y de sus funcionarios

Irene González, Seila Alfaro y Carlos Rosas

Culiacán, Sinaloa.- Intrépidos, introvertidos, extrovertidos, controvertidos, temerosos y comelones. Así eran algunos funcionarios de la administración estatal cuando eran niños.

Su inocente rostro a simplemente asemejaba que muchos no quebraban un plato.

Las travesuras que realizaron a su corta edad les valió desde un aplauso hasta unas “nalgadas” y “cintarazos” de sus padres.

Algunos estuvieron rodeados de opulencia; otros de necesidades, sin embargo, cuentan los hoy adultos que forman parte del gabinete estatal, fueron niños felices.

Nacido en el Cubiri de la Loma, en Sinaloa de Leyva, al seno de una familia humilde, el gobernador Mario López Valdez recuerda una infancia de muchas carestías, pero también de muchas travesuras.

A la edad de 5 años, destaca, sus padres lo enviaban a comprar azúcar y café y se gastaba los tostones en dulces.

“¡Híjole! Hice muchas, pero cuál puedo decir. Pues cuando me mandaban a comprar café y azúcar, me mandaban con un tostón, me acuerdo, en el rancho. Escapaba la cochi pa comprar dulces. Compraba dos tres dulces y se le reducía al café y al azúcar porque me gustaban mucho los dulces”, destaca.

Sus hermanos fueron muy traviesos, indica, siempre peleaban y “yo los tenía que defender y nos pegaban a todos. Ja ja (ríe)”.

¿Le pegaban mucho? Se le inquiere.

¡Ja ja! Sí, porque no teníamos cuerpo con qué defendernos. No comíamos, en primer lugar”, agrega.

MALOVA

Gerardo Vargas Landeros, secretario General de Gobierno, nació en una familia de 13 hermanos, los cuales también fueron muy revoltosos.

“De repente nos juntábamos todos y distraíamos a mis papás para meternos en un cuartito donde tenían chocolates, que era un vicio de mi padre y que varios de nosotros lo heredamos ese vicio. Y, bueno, eran travesuras que hacíamos juntos, todos los hermanos, pero era una travesura sana que mis padres nos la permitían. Íbamos y distraíamos a mi amá, le sacabámos las llaves del cuartito”, pondera.

¿Y le pegaban a usted?

“Por su puesto que me dieron cintarazos. Claro que me dieron cintarazos y hasta la fecha amo a mi madre, amo a mi padre que se me fue hace 10 años. Gracias a esos sistemas correctivos, nunca tuve problemas en la vida”.

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El secretario de Desarrollo Urbano y Obras Públicas, José Luis Sevilla Suarez, revela que de pequeño era muy comelón, por lo que su mamá tenía que esconder en la alacena las galletas que compraba para las visitas.

«Mi mamá escondía las galletas para cuando había invitados y, entonces, yo iba en las noches y le quitaba las bisagras a las puertas de la alacena porque las tenía con llaves; me comía las galletas y las volvía a cerrar. Cuando llegaban los invitados, ya no había galletas», señala.

A la edad 8 años, por andar jugando con pistolas de agua, se cayó de una ventana y se descalabró, pero reconoce que «fue más el escándalo que el golpe».

Dos días antes del Día del Niño, en 1975, en la calle Colón, casi esquina con Donato Guerra, el secretario de Desarrollo Social y Humano, Juan Ernesto Millán Piestch, se encontraba en el tercer piso, donde estaba ubicada su vivienda, y de repente en la calle se escucharon los matachines e inmediatamente fue a dar aviso a su madre, quien se encontraba lavando, y ésta le negó que se asomara, a sabiendas de que quería dinero.

“Entonces, a mí se me hizo muy fácil ir al cuarto de mis papás, agarré la bolsa de mi mamá, su monedero y me lo llevé al balcón, abrí todo el monedero y les vacié todas las monedas allí “, sostuvo.

En ese momento, Lupita Piestch de Millán se asomó a la recámara y encontró a Juan Ernesto muy callado y le dijo: “te escucho muy callado, que está haciendo este niño, qué está haciendo este niño y cuando dijo: híjole, qué bárbaro, cómo hiciste eso y se quedó vacía la moneda y sí recuerdo que hubo unas tres, cuatro buenas nalgadas, por travieso, por eso”, recuerda.

Las monedas que había en el bolso de su madre, confiesa, eran para entregarse en la misa del Santuario.

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El secretario de Desarrollo Económico, Moisés Aarón Rivas Loaiza, destaca que un Día del Niño, cuando contaba con apenas 10 años de edad, él y su hermano se dedicaban a bolear zapatos y en eso llegó una comadre de su mamá que les pidió que le bolearan sus zapatos.

Ni tardos ni perezosos, inmediatamente le preguntaron que si quería tinta o grasa, a lo que ella respondió que lo que se viera mejor. Entonces, le pusieron tinta fuerte. “Mi hermano los quemó los zapatos, la señora no se había rasurado y traía medias. Ya te imaginarás lo demás”, dijo.

Sin embargo, Rivas Loaiza aclara que no fue un niño travieso, pero sí con compromisos de trabajo desde muy chico, al que seguramente le pegaron una paliza sus padres una que otra ocasión.

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Juan Pablo Yamuni Robles, jefe de la Unidad de Transparencia y Rendición de Cuentas, aclara que como cualquier niño, él era muy travieso. Desde pequeño fue muy apegado a su hermano Carlos y siempre terminaban regañados por inquietos.

“A mí me encantaba cortar los cocos. Teníamos cocoteros allí en mi casa en Los Mochis. Me encantaba subirme por cocos, subirme a los árboles, estar en los techos de las casas, siempre ocasionaba algún problema, pero, bueno, una infancia normal en ese aspecto”, afirma.

Para ayudarse con sus “gustitos”, Juan Pablito, de 7 años de edad, cortaba los mangos que había en su casa y los vendía en la cuadra. También le encantaba visitar a su hermana en Culiacán, donde hacía presas en la calle en tiempo de lluvias “y terminábamos enlodadísimos con la lluvia y con la tierra de afuera”, enfatiza.

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En una ocasión, Francisco Córdova Celaya, secretario de Turismo, dejó sin comer a su padre cuando su finada madre llevó lonche a éste. En otro momento, se comió la garra y la pancita del menudo que su madre le encomendó comprar por una señora.

“Un día nos mandó mi amá a comprar menudo a una gasolinera, allí cerca de la casa. Le sirvió la muchacha mucha pancita y lo demás en el menudo. Entonces, yo tenía como 5 ó 6 años. Allí venimos mi hermanito y yo y cada cinco pasos abríamos la hollita y nos comíamos una pancita, pues cuando llegamos a la casa, ya no había pancita, ya no había carne. Y entonces dice mi amá: mira, esta mujer, me robó y me mandó puro grano y ¿lo demás?. Entonces, me dice: ¿Y la carne? No, pues no echaron, le dije. Pues allí vamos y le dice, Rosita. ¿Qué pasó? Le dice. No, le dice, Guille, si le echamos mucha carne. Se me queda viendo mi amá y me dice: ¿te la comiste? Y entonces, le dije, ¡no, mamá! Es que se me cayó y nomás salvé el grano”, reveló entre risas.

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Elizabeth Ávila Carrancio, directora del Instituto Sinaloense de la Mujeres, confiesa que de niña fue muy tremenda, lo cual evidencian algunas cicatrices en su cuerpo.

«En mi casa materna, que está en la colonia Lázaro Cárdenas, estaban haciendo una zanjas para meter el drenaje. Entonces, nosotros jugábamos a ver quién podía brincar la zanja. Cuando brinqué, yo no alcancé a brincar la zanja: me caí en el tubo y se me clavaron los dos dientes hasta el fondo», detalla al momento de mostrar la aparición de la apariencia dérmica.

Durante ese tiempo no se acostumbraba asistir con el dentista. Los dientes a Elizabeth se le pusieron verdes, al igual que las encías, por lo que no permitía que nadie le tocara la boca.

Sabedora que le causaría molestia, una de sus primas le suplicó que le mostrara la dentadura, pero al momento de hacerlo, se los jaló que hasta se los quitó.

«Me dijo: a ver enséñeme donde te golpeaste. Yo tenía como 7 años, cuando abrí la boca me jala los dientes y se vienen con todos y un montón de sangre», recuerda entre carcajadas.

El miedo se apoderó de la funcionaria, quien por momentos pensó que se quedaría molacha de por vida.

Ávila Carrancio reconoce que de pequeña no medía el peligro y cuenta con una cicatriz en la espinilla derecha cuando por imitar a sus amigos y brincar unos barrotes se cayó y abrió la pierna.

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Clodomiro Espinoza García, subsecretario de Ingresos, era apasionado del béisbol. Lo hacía descalzo a plenos rayos solares, a eso de las 2 de la tarde en la comunidad El Llano, en Ahome.

«Jugábamos béisbol descalzos a la 1 o 2 de la tarde en la comunidad de El Llano, en Los Mochis, en la casa redonda del ferrocarril. También jugaba a las canicas o catotas, el taconazo, al ahogado, a los hoyitos, al 18, tambo robado y los encantados y tirábamos con una pelota», manifiesta.

Dijo que cuando era pequeño nunca se le dio jugar al trompo de madera, era muy malo, ni tampoco al taconazo, aunque le gustaba mucho y gastaba más.

También jugaba al tren, debido a que su padre fue ferrocarrilero durante 55 años, por lo que usaban la imaginación y construían un tren con pedazos de madera y clavos y hacían el furgón, el cabus con botes de fierro y ya hacían el convoy con todos sus primos y hermanos.

«De niño era medio vagito, pero agarraba mi responsabilidad entre cuarto y quinto año de primaria y llegaba a la una de la tarde, me salía a vender revistas y periódicos, a trabajar en un taller por las tardes para tener dinerito, donde me pagan 3 ó 4 pesos. De eso sacaba mi domingo y para llevar a la escuela. Fui pescador de algodón y también trabajé la carpintería», agregó.

En cuanto a la comida, don Clodomiro fue muy «chiqueón», nunca fue de dulces, ni de pan y no le agradaron las harinas. Él comía solo frijol, carne y pollo y cuando llegaba a haber ya que eran una familia muy humilde.

«Cuando hacían tortillas de harina, yo no comía; no me gustan; hacían sopa de fideo, nunca me gustó, no las comía y me regañaban. Solo comía frijol y tortilla. Tampoco postres. Ni se inventaban en esos tiempos. Solo acompañé a mi mamá a tomar un té de canela con buicle para pasar los alimentos ya que no había refrescos, solo aguas frescas de frutas naturales por los árboles que habían en su casa», comentó.

El secretario de Salud Ernesto Echevería Aispuro presume que tuvo una niñez muy bonita ya que le fascinaba festejar su cumpleaños, sobre todo por las piñatas que le hacían y los regalos que recibía.

En cuanto a los juegos, era muy amante de las canicas y el trompo. Uno, por cierto, era su favorito y le duró 7 años hasta que cumplió su ciclo de vida útil, pero hizo un berrinche y ya no quiso otro.
También era apasionado de jugar a los encantados con sus amigos.

«Era algo explorador, ya que mi mamá vive cerca del río Tamazula, en aquellos tiempos no había malecón y pues me gustaba ir allí, a recoger pescaditos, renacuajos. Recuerdo que mi papá me regañó y me pegó como unas cinco veces porque me iba sin permiso a jugar al río», confiesa.

También coleccionaba timbres postales y cartas de los súper héroes, sobre todo el Spiderman, y leía historietas de Batman y Kalimán.

Echeverría era fan del flan casero y la capirotada que preparaba su mamá. Tanto, que no importaba si era Cuaresma para degustarla. Lo mismo consumía pasteles caseros de betún duro.

Comenta también que cuando iba a la escuela, le daban 50 centavos para gastar y para lo único que le alcanzaba era para comprar una dona azucarada y calientita y la acompañaba con agua del bebedero en el Colegio Cervantes.

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Al secretario de Innovación Gubernamental, Karim Pechir Espinoza de los Monteros, le gustaba ir mucho a las fiestas que les hacían en la primaria José María Morelos y Pavón en El Rosario, donde les llevaban grandes piñatas y muchos dulces.

«Me acuerdo muy bien de los maestros, Arcelia y la maestra Julieta, que siempre nos consentía. Me gustaba jugar béisbol, futbol, «chan gai», las canicas, el balero, el trompo. Era muy bueno para el trompo, pero mi juego favorito era el frontón», comentó.

A Karim Pechir le gustaba coleccionar cartitas de béisbol, aunque ese hobby lo dejó a la edad de 7 años y el jugador más popular de todas las temporadas, para él, era Fernando «El Toro» Valenzuela.

Para acompañar el postre, le gustaba mucho el refresco Titán de fresa y Tonicol. Este último lo preparaban en su casa y comía muchos burritos de harina con frijoles puercos en la escuela.

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Gustavo Zavala, jefe de la Oficina del Gobernador, destaca que en la cuadra donde vivía había 20 “morritos” de la edad que hacían cosas tremendas y peligrosas.

“Por ejemplo, enfrente de mi casa estaban construyendo una casa de dos pisos y en las tardes noches nos metíamos a la construcción a jugar guerritas de cal contra cemento. Hacíamos dos equipos y a aventarnos con la cal y el cemento, sin considerar, siquiera, el riesgo, como los niños, de que a alguien le cayera en los ojos o algo así, pero cómo nos divertíamos”, puntualiza.

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