miércoles , 20 marzo 2019

Carrera de los caballitos… Los niños de los pies ligeros

Carrera de los caballitos… Los niños de los pies ligeros

Karla Trías

Chihuahua.- Sin pensarlo, emprendí mi travesía a Urique, Chihuahua, México.

Aceptando una invitación al ultramaratón denominado Caballo Blanco 2015, evento que dio a conocer en el extranjero a Arnulfo Químare, uno de los mejores corredores de montaña perteneciente a los indígenas rarámuris.

Dejando detrás mi caluroso terruño, me vi de pronto en un camino trazado por la vía del tren rumbo a la Sierra Madre, al norte de México, allí donde aún danza el venado, el sol es de piedra, donde vive un pueblo de resistencia pacífica, cuyo refugio son las montañas, resguardando lo más importante su libertad.

A medida que avanza el tren, se empiezan a observar los equilibrios del mundo, visibles en cada espacio montañoso, en cada río, en cada árbol, alguien me obsequió una resonancia musical para los sentidos.

Chapareke, la casa de la llave de Dios, sin dudarlo, fue más que exquisito escucharlo.

Allá voy con los rarámuris, donde viven los niños de los pies ligeros, quienes sostienen el universo y sus ritmos con los ciclos de vida, muerte y renacimiento de quienes corren libres a través de su legado ancestral.

Un camino sinuoso y montañoso entre brechas, divisaderos, rocas de granito, ríos pacíficos y barrancas desde Los Mochis, Sinaloa, hasta Urique, Chihuahua, cruzando esa sierra llena de conejos, felinos, serpientes y ardillas tan silenciosos y rápidos que ni los notas.

La música de arpa profundizaba mi pensar, armonizando los paisajes con sonidos naturales, cuerdas hechizas conformando un arpa de material artesanal, anhelando ver pies alados, como las teologías antiguas de los griegos, los hermes mexicanos tan callados y transformados en poemas que cruzan las barrancas mexicanas, el sueños de los que huyen.

El viento en mi rostro recordó la promesa tiempo atrás, los ancestros indígenas rarámuris se cansaron de su instancia infinita en el mundo, del don de ser invisibles e inmortales; dejo de ser suficiente el hecho de ser rudos como rocas y pacíficos como ríos.

No fue suficiente; necesitaban más, estaban destinados a la existencia, al estar sin motivación, sin sentido, sin libertad y lo más importante: sin amor.

Pidieron a Onorúame tener sentimientos, querían llorar, reír, enojarse, ser felices, amar y a cambio dieron su inmortalidad, se les dio un último regalo para que lo usaran con bien.

Su libertad manifestada en correr libres, dotados de pies alados sin descanso y desde entonces a los habitantes de esta sierra y barrancas se les conoce como rarámuris, los que corren a pie, resonó una y otra vez en todo el trayecto.

La estrecha carretera y los innumerables voladeros combinados con la belleza de los cañones chihuahuenses me han atraído como a millares de personas.

Abajo, muy abajo, pudo haber pasado el arca de Noé, la geografía lo permite. Esto debió hipnotizar a los Jesuitas y al corredor extranjero denominado Caballo Blanco.

Kilómetros y kilómetros de montaña allí, ante mi vista, una hermosa ruta añorada por muchísimas personas a mi alrededor. Solo se susurra alrededor correr junto a los ancestros.

Escuché una y otra vez: “El corazón de todo corredor es rarámuri”.

karla 3

En definitiva, un claro homenaje al exceso de belleza en todos los sentidos. Caminar en este sitio es llenarse de energía natural, sentirse confortada por la hospitalidad de los pobladores, quienes atropellan los sentidos más humanos al paso del pueblo en cada rincón.

Sentí su franqueza, su entereza, el abrazo amigo, reafirmado desde hace siglos por los múltiples “chabochis” que han recibido las bendiciones de estos paisajes expuestos al viento.

El tiempo, con sus multiculturalidad, describe un lugar de increíble belleza, fundado al margen del río Urique, en esa unión de barrancas con espectaculares panorámicas y lo templado de sus manantiales, montañas, cuevas, arroyos, ríos, formaciones de piedras, pinturas rupestres y misiones.

La ternura del lugar y sus habitantes, desde una abrupta y salvaje barranca con árboles enormes, llenos de vida y de follaje impresionante, que solo estando presentes comprenderían si tengo que elegir una palabra para describir esta belleza. Sin duda, es libertad.

Las personas viven de la fuerza de trabajar la tierra, del maíz, el frijol, de la artesanía, del turista de la tranquilidad que hoy se ve enormemente amenazada.

A la vista la tercera corrida de los niños rarámuris y los cristianizados que han crecido entre cavidades naturales, en habitad de tiempos inmemoriales, entre refugios de ganado y almacenes de forrajes, entre sitios sagrados y ceremoniales, entre ritos y cristianidad.

Entre la historia de la época colonial se siente la presencia de misioneros como verdaderos superhéroes, de extraños jugando al poder con armas rusas que rompen la cordura y aun así estos niños resaltan el arte pictórico de sus cuevas rupestres, explican el encanto rodeado en su bosque y ofrecen enormes caminatas en su sierra, en sus veredas y dan recorridos de pinos y encinos en el fondo del cañón, su corazón Urique.

Y, de repente, vi por la calle principal un hermoso arcoiris multicolor, bajo el trote de pies alados.

karla 2

Bajaron desde la cumbres de la sierra del cielo niños no mayores a los trece años, corriendo de dos a tres kilómetros de las barrancas, rápidos alegres, corriendo ellos, me expresaron su libertad

“La carrera de los Caballitos”,  acompañados de “chabochis nacionales y extranjeros”, volaban sobre la ruta trazada entre los cañones chihuahuenses.

Platicar con ellos requiere una muy buena condición física y experiencia; verlos desplazarse en su espacio es una vivencia fascinante; sus receptores de vida están en su pies, su gusto por hacerlos volar al correr, mensajeros de dioses.

Niños, como sus padres, duros como rocas y pacíficos como los ríos, allí estaban sonriendo al correr, siendo únicos al crear en la tierra el equilibrio ancestral, buscando la paz, la armonía, compartiendo con toda la gente lo que la madre tierra ha dado a nosotros: “libertad”. De la cancelación del evento principal, prefiero no opinar; ya está dicho, solo pido repetir su mensaje.

Puedo atestiguar que “La carrera de los caballitos”  fue corrida con el corazón de la inocencia de los niños, con sandalias ancestrales, pinole como abastecimiento, con resistencia pacífica de siglos de su existencia y permanencia.

Para este encuentro, bajaron más de 500 niños de su refugio en las montañas para salvar lo más importante su cultura de crear paz, a pesar de las ráfagas de extraños que resguardan las barrancas y rompen el equilibrio natural.

Ellos no corren por una medalla, a pesar que la muestran orgullosos; no corren por la bolsa de útiles escolares, ni por el vértigo andrenalítico que produce correr en sus montañas; ni por la indiferencia del gobierno a brindarles seguridad al ser un tesoro viviente incalculable.

Ellos existen y se dan a escuchar.

Ellos corren para mantener el equilibrio del mundo ancestral, para que prevalezca la armonía y la paz sobre todas las cosas y seguir dándonos el regalo de los rarámuri al mundo.

Su regalo para todos: “El correr y ser libres.

karla 1

Solo usen bien la libertad que nos ha sido dada; sean hombres felices, corran libres y creen paz.

-Por último, le pregunté a un niño rarámuri qué le pedía a Dios y me contestó:

– A Matétera-ba Onorúame-ba, le pido: Déjame ser libre… Dios, déjame seguir siendo de los que corren a pie.

Simple Share Buttons