viernes , 26 febrero 2021

Caso Malasia. Mientras la esperanza se desvanece, la madre pierde una pierna y aumenta su fe

Caso Malasia. Mientras la esperanza se desvanece, la madre pierde una pierna y aumenta su fe

Carlos Rosas

Culiacán, Sinaloa (Culiacán, Sinaloa).-  El calor quema la piel y el agua se evapora por el ladrillo se encuentra tendido al raso del sol.

En un pequeño predio de la colonia Loma de Rodriguera, al norte de la ciudad, se encuentra un hombre de 72 años, de sombrero, con la mirada perdida sobre una ladrillera y un corazón apachurrado por una noticia: Sus tres hijos fueron sentenciados a la horca por el tribunal malayo acusados de tráfico de metanfetaminas.

La ladrillera, donde alguna vez laboraron sus hijos, es de su propiedad, el sostén de los González Villarreal.

Ese hombre es don Héctor González Ríos, padre de Luis Alfonso (45 años), Simón (37) y José Regino (34), quienes fueron detenidos el 4 de marzo de 2008 durante una redada realizada por la Policía de Malasia en la ciudad de Johor, junto a un ciudadano malayo y otro singapurense y ayer en una última audiencia sentenciados a la horca.

Son 7 años de saber de sus hijos solo a través de cartas, del periódico, la televisión y de lo que dice la gente.

Lleva sus manos a una vieja mesa de madera que sirve de reposo de sus alimentos, la cual se encuentra debajo de una improvisada techumbre que mitiga los rayos del sol de un verano caliente.

Afligido por el dolor, don Héctor, hombre de buen corazón y de trato humilde, narra la trágica historia de la familia González Villarreal.

Comienza por reseñar que su esposa Carmen Villarreal, de 71 años, hace 15 días perdió una de sus piernas en una operación debido a que padece diabetes.

Desde que la familia recibió como golpe de hierro la noticia de que sus hijos estaban siendo acusados de narcotráfico en el país asiático y por ello serían sentenciados a la máxima pena de muerte, la salud de su esposa empeoró.

Todo comenzó con un tremendo dolor en el dedo homónimo, por lo que doña Carmen fue llevada a un hospital, donde le diagnosticaron diabetes.

Al paso de los días el dolor se expandió por la pierna debido a que presentaba problemas de circulación de sangre. No había remedio, la extremidad tenía que ser cortada hasta la rodilla para evitar que la enfermedad se propagara.  «No hubo otro remedio más que mocharle la pierna arribita de la rodilla», agrega.

Los médicos le garantizaron a Carmen Villarreal que con el paso del tiempo podrán adaptarle «una pata de palo», dijo don Héctor, al tiempo de clavar su mirada sobre un vaso servido de Pepsi Cola.

En su casa un enorme candado se encuentra colocado en un barandal de malla ciclónica, mientras que en su interior un silencio da cuenta de que la familia se ha ausentado para huir de cámaras de video y grabadoras que buscan recoger la noticia que está dando la vuelta al mundo.

Un grupo de reporteros hace stands para mostrar en imágenes televisivas que los moradores de la humilde vivienda se han marchado.

Una abarrotista señala que desde hace dos días no saben de los González Villarreal.

«La señora pasa enferma, le mocharon el pie; está en casa de Lety», respondió don Héctor tras ser cuestionado sobre el paradero de su esposa e hijas.

«La Lety, su otra hija, tiene que navegar la casa, arrancarse, pa´allá y venirse pa´acá. Pues pasa la casa sola y yo me vengo a trabajar», dijo.

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A los males que sufren él y su esposa por la inevitable vez, se abona «el problema de los plebes».

Asegura que aunque está preocupado por sus muchachos, no sabe con exactitud cuál será su destino, pues solo a través de la televisión y del periódico se enteró de la determinación del juez malayo.

«El periódico dice que está la misma terquedad de la condena de muerte», manifiesta el hombre, quien indica estar esperanzado en que se revierta la sentencia para que a sus tres hijos se les perdone la pena de muerte.

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Héctor González Ríos señala que solo resta esperar que su hija Alejandrina Villarreal y Conchita, esposa de Luis Alfonso, regresen a casa con buenas noticias.

«Ya ahorita la única es esperar. Para mí que vengan las gentes y buscar aquí la forma de ver cómo se pudiera que nos apoyara el gobierno federal», puntualizó.

Aunque cifra su última esperanza en que el gobierno federal, a través de la cancillería, intervenga ante la corte de aquel país, «si se niega, allí va a estar lo difícil».

Argumentó que de acuerdo con el periódico, hay casos como el de sus hijos, donde los gobiernos intervienen y trasladan a los acusados a su país de origen, pero «todo es cosa de que lo piden (las autoridades federales)».

Han pasado siete años de no abrazar y de no conversar con sus hijos.  «Si los trajeran aquí, mucho mejor y evitar ese problema», ruega.

Insiste que la única alternativa es el respaldo que reciban del gobierno de la República porque «una cosa tan lejos cuesta mucho la ida y la venida».

Las veces que su Alejandrina y su nuera han asistido a las audiencias a Malasia, han sido costeadas con dinero del gobierno estatal y federal, aunque en esta última visita Alejandrina recibió el respaldo de la federación.

«Lo que friega más es el cambio de idioma. Se batalla mucho para hacer comunicación directa, pues», dice a los reporteros.

Héctor González Ríos toma un respiro, se levanta y muestra cómo se elabora el ladrillo a base lodo y aserrín. Levanta las losetas y amablemente posa para la foto para ilustrar la nota.

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Suplica a los jueces el perdón para sus hijos para que regresen a casa y se reúnan con su familia.

Don Héctor se despide a los reporteros y les agradece sus atenciones por la cobertura que han ofrecido al caso.

 

 

 

 

 

 

 

 

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