domingo , 25 agosto 2019

El educador del cuaderno oxidado

Juan Ordorica

Por más de 30 años el profesor Heberto Garlindo se presentaba en aquella escuela de manera inalterable. Con pantalones de pana entubados, par de botines lustrosos y desgastados, camisa verde bandera abotonada de poliéster, Betito – como toda la escuela lo conocía- se paraba frente a sus alumnos, repetía de manera mecanizada la lección del día, repasaba los mismo ejercicios una y otra vez, pero sobre todas las cosas seguía al pie de la letra aquél libro de texto edición 1986.

Betito no se dio cuenta, aquél libro que durante muchos años fue su biblia poco a poco se comenzó a oxidar. Las páginas de lo que alguna vez fue la vanguardia del sistema pedagógico nacional palidecían física y figuradamente ante las nuevas tecnologías de generaciones adictas a lo digita y carentes de todo sentido analógico del saber.

El profe Garlindo ignoro todas las señales de modernidad. Al principio, los pizarrones desaparecieron para dar paso a la asepsia de los pintarrones.

Betito se encogió de hombros, pero no acepto de mucho agrado el cambio: él prefería aquellos polvos del gis entre sus dedos y la sensación de la mancha blancuzca entre sus ropas daban un toque de romántico al magisterio que apantallaba a sus conocidos. Después llegaron las computadoras al salón de clase, ante esto, el profe decidió ignorar olímpicamente aquella maquina deshumanizadora de la educación; continuó con aquél libro que lo era todo para él.

Sucedió que un año donde la modernidad era el signo de los tiempos, y la edad del retiro estaba a la vuelta de la esquina que un amigo muy cercano a un compadre de Betito fue nombrado máximo funcionario del ministerio de educación.

Betito estaba eufórico; no lo podía creer. Ya algunas décadas atrás Gralindo intentó ser el director de la escuela donde laboraba. Nunca lo consiguió.

Las desgracias, o simplemente su pleito eterno con la fortuna impidieron que llegara a ser el jefe máximo de aquél lugar. Hoy todo pintaba diferente. La cercanía con el señor que da y quita los puestos con solo un deseo y movimiento de su dedo parecía la ocasión idónea para cumplir el sueño reprimido de toda una vida.

El día para nombrar al nuevo director de la escuela estaba cerca. Betito traspiraba polilla, rechinaban sus ideas y olvidaba sus propias palabras. Nada de esto Importaba. Él estaba consciente del poder del ministerio que podía convertir la decrepitud en la nueva tendencia de moda con un solo chasquido del dedo poderoso del Ministro. Muchos de sus compañeros maestros, también ilusionados con el cargo de director, pertenecían a la misma generación de docentes, hijos del libro oxidado, pero muchos de ellos habían incorporado algunas técnicas novedosas a sus métodos de enseñanza. ¡Betito no!, el nunca va traicionar su libro de 1984. Lo nuevo puede esperar, nada es más importante que la lealtad ciega a un canon por más oxidado que este sea. El libro amarillento es la vida para un profe – pensaba Betito para sí-

Beto Galrlindo dice y se desdice en la escuela. Los alumnos pueden esperar. Ellos deben entender que la modernidad no es buena. Un libro llenó de saliva acumulada por más de 30 años es el camino a una buena preparación. Que las nuevas ideas y los profes capacitados esperen su turno: obediencia ciega y amiguismo es el lubricante de la escuela según el dogma del profe Garlindo.

Animado por la oportunidad, el guarda ropa de Betito se moderniza. Su imagen anquilosada sufre algunas modificaciones y así parecer menos un remanente del pasado olvidado. Intenta cambiar sus clases, y hasta adopta dos o tres actitudes juveniles en sus lecciones, sin embargo, el viejo libro sigue ahí; las hojas amarillas se deshacen entre sus dedos y el oxido carcomido se fusiona con las ideas del buen Heberto Garlindo. La ilusión de toda una vida recae en aquella vieja edición de 1984.

El memento de hoy

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