miércoles , 13 noviembre 2019

Max en el Zoológico

Por Juan B. Ordorica

Tarde de termómetros sobreexcitados con el mercurio a punto de explotar. El calor duele, pero no es pretexto para ignorar los racimos de Bob Esponja, dinosaurios, Dora La Exploradora y demás deidades infantiles rellenas de helio.

Los animales esperan; los niños se ilusionan. Las agujas solares se clavan en la piel de paseantes y animales por igual. Apolo no es pretexto… Es día de Zoológico.

Después de ganar la batalla a un par de bolas de helado de vainilla, Max contempla la entrada al mundo de los animales. Se prepara para la aventura máxima de la infancia; está listo para enfrentar a los seres que viven en la televisión y que ese domingo son tan reales como la mochila de Mickey que cuelga de su espalda.

La primera prueba de valor fracasa: dos changos malhumorados son los culpables de exigir retirada al pequeño explorador y tras un par de sollozos, pone la mayor distancia entre él y la jaula de los primates.

Herido en el orgullo propio el pequeño corsario, espada calada al cinturón, pide la oportunidad de enfrentar a los rastreros ofidios en sus propios terrenos. Con mucha cautela y sigilo da los primeros pasos en la casa de las míticas culebras.

Después de constatar, por más de una ocasión, el grosor de los cristales, Max decide lanzar sus miradas inquisidoras a todo cascabel, coralillo o áspid que se digne a retarlo con su encapsulado veneno.

Esta vez la victoria moral del estoicismo exhibido otorga nuevos bríos al pequeño encantador de serpientes.

La travesía continúa. Tras una jaula más grande de lo normal yacen en el suelo cadáveres de plumíferos que sorprenden a Max. – ¿Los leones comen pollos?, pregunta el mozalbete.

Luego de una explicación que parece no dejarlo muy convencido, decide lanzar un rugido para intimidar al león.

Esté lo mira indiferente desde su descanso veraniego, sacude las moscas con la cola y bosteza de una manera que poco tiene que ver con la investidura real de su animalidad. Muy aburrido animal para ser el rey de las bestias. Debió pensar para sí el atribulado cazador de sueños infantiles.

Dos camellos y varios pajarracos escandalosos. Más tarde, Max decidió que era tiempo de tener su última aventura del día visitando las elegantes y siempre altivas jirafas.

Varias monedas completaron el alimento oficial de las simpáticas escaleras moteadas. Un par de mordidas al aire y el intrépido rapaz vio como su valor se esfumaba como las zanahorias en boca de las jirafas.

Cabizbajo y aceptando la derrota, arrastró sus pies rumbo a la salida, pero nadie puede ir al zoológico y ser triste. Max lavó sus penas en dos algodones de azúcar. La ilusión volvió de donde nunca debió salir, del espíritu de la infancia.

Mientras el sol se va, recogiendo tras de sí sus puyas doradas, el día termina para Max. La aventura del domingo es una historia y un sueño más acumulado para su almohada. Futuras conquistas están por venir, después de todo una isla llena de morrines, aguarda al corsario que se decida a retarlos con su espada afilada de orgullo.

EL MEMENTO DE HOY

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Twitter: @juanordorica

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