miércoles , 14 noviembre 2018

Diva en el país de las maravillas

Juan Ordorica

Siempre he considerado que recurrir al muy sobado cliché de comparar la política con la obra de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas, es un ejercicio de holgazanería literaria. No porque el libro carezca de sustancia. Es todo lo contrario. El libro se parece tanto a la política y sus actores, que todo el material contenido en Alicia es recurso obligado para los principiantes del análisis político.

En esta ocasión las coincidencias entre un personaje específico del cuento y la Senadora Diva Gastelum son abundantes, que parece un desperdicio no hacer referencia a las similitudes entre ambas. La Reina de Corazones es la figura que ostenta el Poder en la tierra visitada por la Alicia. Es una gobernante de gustos extravagantes, de personalidad condescendiente y a la menor provocación muestra su carácter iracundo e intolerante. Conoce un solo método para resolver sus problemas: mandar cortar la cabeza de sus detractores. Es curioso que el argumento de la equidad de género se utilice de la misma forma que una guillotina para quien piense diferente.

El país de las maravillas es un concierto de surrealismo, contradicciones, paranoia y desmesura. Nadie quiere tomar las cosas en serio y los pobladores no parecen estar muy interesados en la existencia de sus vecinos, motivo por el cual, quien sea el gobernante de esa tierra tiene sin cuidado a sus habitantes. Es Alicia –alguien que viene de fuera- la que entiende la irracionalidad de la reina y lo hace notar ante el resto de la corte.

La reina de corazones tiene un marido. El consorte de la monarca ostenta el título de rey; sin embargo, el rol del marido se limita a justificar los errores de la reina, queriendo minimizar sus hierros con soliloquios rimbombantes y casi siempre termina más enredado que las circunstancias originales que busca justificar. Nadie sabe exactamente cuáles son las actividades del rey; ante esta situación el pobre es víctima de los pitorreos de la corte.

El deporte favorito de la reina es jugar criquet en sus castillos –tiene varios- . El sequito real es el encargado de satisfacer los mínimos caprichos de la regente. Nada puede salir mal. Hasta las flores son pintadas a mano a riesgo de ser enviados al patíbulo. La vanidad es el sello característico de las jornadas vacuas de esparcimiento de su alteza. Flamingos danzantes y erizos díscolos son los cómplices perfectos de la frivolidad.

Tal vez la Senadora Diva no tiene todas las características de la reina de corazones, pero de algo podemos estar seguros: Ella está en busca de algún gato que le pueda mostrar la sonrisa e indicar el camino correcto que debe seguir para gobernar Sinaloa. Elegir el camino es fácil mientras no se conozca el destino correcto. Son muchas casas de las cuales partir y una sola gubernatura a la cual llegar. Por desgracia, para la Senadora, su país de las maravillas está más cerca de las tardes superfluas de criquet que de un inocente conejo blanco al cuál seguir.

EL MEMENTO DE HOY

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Twitter:@juanordorica

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