domingo , 22 septiembre 2019

Joaquín Guzmán, entre Kafka y Vargas Llosa

Por: Juan B. Ordorica (@juanordorica)

Sorprendente, trágico, un poco cómico, impresionante y sospechoso es el nuevo capítulo de la novela del capo más buscado del mundo. En este país nada puede ser normal y Joaquín Guzmán se encarga de recordar esa afirmación con cada acción de su convulsionada vida.

México es un país de sueño -que no es lo mismo que ser de ensueño-. Aquí la realidad se desdibuja en medio de triángulos dorados, túneles, alcantarillas, moteles de cuarto, pósters de modelos, Hollywood y autoridades.

Pareciera que vivimos en medio de una caricatura del coyote y del correcaminos, de Tom y Jerry, de la Pantera Rosa y el Inspector. Somos producto de un sueño de opio de Salvador Dali y Andy Warhole

Joaquín Guzmán reencarnó en México para ser un personaje de Kafka, un cuento surrealista del origen y el destino de nuestro país.

Por un lado, Joaquín Guzmán es la historia de México; es Pancho Villa, Heraclio Bernal y Manuel Payno. Desde el otro lugar el gobierno es Santa Anna, Limantour y Maximiliano. La historia es la misma. La risa y la tragedia son parte de lo que fuimos, somos y seremos.

Kafka es inocuo. Vivir en la irrealidad es reconfortante. No existen obligaciones o esperanzas. Todo está permitido y nada importa. Joaquín Guzmán es un discípulo de Kafka y nos invita a unirnos a este mundo de visiones mágicas; el pueblo gustoso acepta la invitación y abandona la realidad para dejarse atrapar en el tentador laberinto del complot y la desconfianza.

Ni siquiera el gobierno mexicano puede huir del llamado al mundo de lo absurdo. Comparte y cae en el juego de la desmesura. Festeja la reparación de un error producto de su misma estupidez. Nadie quiere ser de verdad; todos prefieren la versión cómica de sí mismos.

Eventualmente Kafka se convierte en Vargas Llosa. La realidad cruda y sin tapujos golpea en nuestras narices. Los criminales son de verdad, la sociedad tiene los valores podridos y los gobiernos se regodean en la incompetencia. Los actorcetes dejan de ser intelectuales para asumir su verdadera identidad: hipócritas y oportunistas.

Ya es tiempo que nuestro país deje de reírse de sí mismos y comience a tomar con seriedad su destino. Nunca más un México que pretenda ser un cuadro de Edvard Munch o Van Gogh .Comencemos castigando a quien se lo tiene merecido. Señalemos a los culpables, pongamos en la cárcel a los cómplices y denigremos a los admiradores de lo torcido.

Hay que jubilar a Kafka y contratar a Vargas Llosa cómo el nuevo guardián de la razón nacional.

EL MEMENTO DE HOY

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