domingo , 22 septiembre 2019

La tarde que el golf consiguió una gubernatura en Sinaloa

Juan Ordorica

Los rotores de un helicóptero irrumpían la tranquila mañana del exclusivo campo del golf. Unos cuantos turistas extranjeros y una parvada de gorriones eran testigos únicos de esa intempestiva visita. Nadie lo esperaba. De repente y sin avisar el presidente de la República hacía su aparición en el tee de salida del hoyo 1.

Ataviado con su camisa polo, zapatos especiales para la práctica del deporte y un reluciente equipo de golf, será acompañado de una parvada más grande de otro tipo de gorriones.

Con una sonrisa que parecía dar vuelta a su cara, tomó el drive de su bolsa y realizó el primer swing del día.

Una semana antes el presidente, después de una larga gira de trabajo, regresaba al país; tenía entres sus múltiples tareas pendientes realizar la democrática encomienda de elegir los candidatos de su partido en base a su muy personal voluntad. -¿De qué sirve ser presidente?, sino es para tener la cualidad divina de repartir el poder con un chasquido de mis dedos-. Pensó para sí.

Cuatro golpes más tarde el presidente estaba sobre el green listo para embocar la pequeña pelota en su respectivo hoyo. Dos de sus acompañantes sobresalían de los demás. Se esforzaban airadamente en satisfacer las necesidades del mandatario. El primero, un hombre de edad madura y de andar cansino, no dejaba de presumir al resto de la comitiva la cercanía que por años lo unía con el “mero mero”. El segundo, un tipo alto, espigado y de sonrisa incompleta, se desvivía en atenciones con quien le había regalado de un plumazo la entrada al reino del poder.

Fue relativamente sencillo elegir el candidato para del estado con ese bello campo de golf. No tuvo más que pedir los análisis y la información al líder de su partido, secretario de Gobernación y un par de asesores de confianza para descartar uno a uno los perfiles que le eran presentados. – Todos estos nombres que me presentan son muy interesantes- dijo el presidente, -pero ninguno de ellos tiene lo que se necesita para ser gobernador-, sentenció lapidario. Los consejeros se voltearon a ver entre sí y se encogieron de hombros.

Transportándose de un hoyo a otro en el silencioso carro de golf se dejaba consentir por el séquito que lo rodeaba, y mentalmente degustaba los majares que le tenían preparado al término de la jornada. Varios empresarios de la comitiva prometían canonjías y apoyos para el elegido; juraban que no dejarían sólo al partido y que nada ni nadie les arrebatarían el triunfo para los colores políticos del presidente.

A muchos kilómetros de ahí, en la capital de la República, el grupo de políticos asesores que presentaron una semana antes el listado con los nombres de las opciones para las candidaturas, aún se rascaban la cabeza. En un exclusivo restaurante intercambiaban opiniones de la decisión de su jefe: ¿a qué se refería con aquello de que ninguno tenía lo necesario para ser gobernador?, ¿acaso un par de ellos no contaban con más experiencia y méritos que el actual elegido? En fin, para ellos, era un verdadero misterio.

De regreso al campo de golf y unos hoyos más tarde el presidente exultante de felicidad se congratulaba consigo mismo de la decisión tomada. ¿Qué otro de aquella lista tenía las cualidades del actual elegido? –Se repetía una y otra vez-. Preparándose para realizar su tiro de aproche con el hierro numero 9, pensaba alegremente que cambiar un campo de golf, un spa personal y algunos futuros negocios por una gubernatura no había sido tan mala decisión y menos un mal negocio.

EL MEMENTO DE HOY

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