sábado , 14 diciembre 2019

Historia de un “Milqui Güey”

Por: Juan B. Ordorica (@juanordorica)

Joven, bien parecido, sonrisa de galán de cine mudo y ambiciones de conquistador español… Milqui era el príncipe de los movimientos estudiantiles y lo sabía. Rápidamente pudo ascender en las enredadas escaleras del poder universitario.

Su carisma lo llevó a ser parte importantes de las cortes del rector en turno. Ya instalado en los lugares de privilegio del Paraninfo, Milqui aprovechó sus dones, talentos y alforjas para carcomer las mentes de las damiselas estudiantiles y convertirse en el prototipo del anhelo hormonado de las doncellas. Patrocinador eterno de fiestas, convivios, viajes, etcétera, fue tejiendo de la red de contactos sociales que más tarde servirían para sus fines.

Hay ocasiones donde el mundo que compartimos parece demasiado pequeño. Milqui decidió que los edificios universitarios no eran lo suficientemente grandes o importantes para hacer huesos viejos, entonces, prefirió empacar las sonrisas y emprender el vuelo a los campos fértiles de la política partidista.

El populismo revolucionario lo recibió con los brazos abiertos y más temprano que tarde se instaló en los aposentos de las juventudes tricolores. Sus dominios se extendieron por toda la comarca municipal y se dio a conocer como el gran campeón de los jóvenes. La experiencia adquirida en las cloacas de la grilla universitaria rendía sus primeros frutos.

Hasta ese momento de su vida, Milqui era una promesa de político, pero nada fuera de lo normal. No parecía captar la atención de los dueños del poder y él caía en el desespero. Después de mucho meditar, la situación tuvo una epifanía: era momento de capitalizar la red hormonada a la que tanto trabajó, recursos y tiempo se invirtió.

Explotando la concupiscencia de los viejos lobos de la política, Miqui forjó su destino. Agregó el “Güey” a su nombre y desde ese momento toda la clase política que requería de una amena compañía utilizaba los servicios del nuevo celestino. Milqui Güey acumulaba favores y su poder incrementaba.

Pronto llegaron los cargos: puestos de elección popular, posiciones en la alta burocracia, negocios y cualquier forma de materializar el poder. Hoy Milqui Güey está dejando detrás la juventud; se rehúsa aceptarlo; continúa añorando los jolgorios de antaño, pero se consuela con el recuerdo de todo lo que construyó alrededor de su persona.

Milqui quiere más, necesita ser más. La ambición no lo abandona y la aventura de una nueva conquista es gasolina para su ego. Cierra los ojos y en ocasiones parece arrepentido, pero de inmediato retoma la compostura y se congratula consigo mismo… Después de todo, si nunca hubiera sido un Güey nada de esto existiría.

EL MEMENTO DE HOY

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