martes , 25 junio 2019

La muerte de un tránsito y el temido buchón

La muerte de un tránsito y el temido buchón

Juan Ordorica

Cristian y Manuel fueron asesinados en el cumplimiento de su deber. Un par de agentes de tránsito dejaron de existir por hacer su trabajo. Dos familias sufren el dolor de cientos de sinaloenses: la injusticia de perder a sus seres queridos a manos de los que impunemente sienten que son dueños de la vida y muerte en Sinaloa.

El olvido en el que viven nuestros agentes de tránsito y policías municipales es atroz. Una sociedad moderna y solidaria estaría indignada ante el espantoso suceso.

Nosotros somos culpables de la denigración constante en la que viven nuestros cuerpos policiales.

“Nadie por encima del Estado”. Es el axioma de una democracia civilizada; en Sinaloa y sus municipios no es así.

Nuestra principal reacción ante una infracción rutinaria de tránsito es primeramente de molestia e inmediatamente después llevarnos la mano a la bolsa para corromper la ley. Nunca aceptamos la culpa, eso es cosa de perdedores.

Los policías tienen parte importante de la culpa, pero son una víctima activa del ciclo maldito de la cultura corrompida.

Los gobernantes, políticos y candidatos se hinchan el pecho cada vez que hablan de brindarnos seguridad, pero casi ninguno tiene deferencias con sus policías. Incluso, hay algunos alcaldes que denigran su trabajo obligándolos a cuidar morrines inútiles.

Los gobiernos ven a sus policías como un problema y no como un aliado en la lucha contra el crimen. No se dan cuenta que la seguridad comienza y termina en las policías municipales. Son el primer contacto y línea de defensa contra los malosos.

Y tenemos a los buchones, amos y señores de la vida de quienes aquí vivimos. La impunidad con la que estos seres se han adueñado de la vida cotidiana de nuestra sociedad es terrorífica. Un susurro y la vida desaparece escondidos en la inhumana impunidad fomentada desde el gobierno. Un buchón no se debe tocar ni con el pétalo de una averiguación.

Cristian y Manuel y no están entre nosotros. Curiosamente estos agentes representan los extremos opuestos de la vida del servicio policial.

Cristian, joven de 21 años, recién iniciando una carrera en la institución y Manuel, agente veterano a unos meses de iniciar su jubilación, ambos fueron borrados de la existencia por un capricho de un buchón, el abandono de un gobierno y la complicidad de una sociedad.

Mientras nuestros policías no sean tratados con dignidad y respeto nadie puede aspirar a una seguridad verdadera.

Cristian y Manuel son la sumatoria de las culpas compartidas de sociedad y gobierno… Después de todo, si queremos que NADIE POR ENCIMA DEL ESTADO tenemos que comenzar por respetar a los criminalmente denigrados tránsitos.

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