“Virgencita, que mi abue no se muera”, pide niño a la Virgen de Guadalupe

Irene Medrano Villanueva

Culiacán, Sinaloa (Café Negro Negro).- “¡Virgencita que mi abue no se me muera, que mi abue no se me muera!”, es la oración, es la petición, es la desesperación que sale desde el fondo del corazón de Mateo durante su peregrinar para llegar a las plantas de la Virgen de Guadalupe.

Niños, mujeres, jóvenes, adultos, ancianos recorren kilómetros para llegar a La Lomita, muchos con sus pies y rodillas adoloridas, mejillas rosadas por el esfuerzo, miradas apagadas, pasos lentos, cuerpos cabizbajos, cansados y hambrientos, llegan a postrarse a los pies de la Guadalupana tras subir 144 escalones.

Hoy como todos los años, sinaloenses de todo el estado, visitan a la Patrona de México para agradecer el milagro concedido o bien pedirle compasión y alivio a sus necesidades.

Historias, peticiones, añoranzas y esperanzas van y vienen en el atrio del templo de Nuestra Señora de Guadalupe, como es el caso de Mateo, un niño de escasamente diez años que perdió a sus padres a causa de la pandemia, ahora vive con su abuela de 45 años y le pide a la Virgen que se la cuide.

Acompañado de dos de sus tías abuelas, Mateo vestido de “indito” se acomoda el paliacate que lleva en su cabeza para luego contar que tiene mucho miedo de que su abuelita se vaya a morir como sus papás y los dejen solos.

“Mi mamá me contaba que la virgencita es muy milagrosa, nunca supe que ella estaba malita, nomás un día le dio calentura, se la llevaron al Seguro y nunca volvió, si hubiera sabido que se iba a morir le pido a la virgencita que la salvara al igual que a mi papá, que tampoco supe que estaba enfermo y se murieron los dos, me dejaron a mí y a mi hermanita de dos años solitos, ahora, le pido que cuide a mi abue…” cuenta.

Nubia, tía del menor, narra que los padres de Mateo murieron el año pasado a causa del Covid-19 y que desde entonces, el niño tiene la obsesión de cuidar a su abuelita.

“Gracias a Dios mi hermana está muy sana y entregada al cuidado de sus nietos, ella no nos acompañó porque Belinda está un poco malita de gripe, pero Mateo contaba los días que faltaban para el día de la Virgen, pidió que lo vistiéramos como lo hacía su mamá todos los años que lo traían a la peregrinación, pero para nosotros fue una sorpresa su petición, estamos consternadas por la devoción con la que le pide a la Virgen por la salud de nuestra hermana”, dice.

Los peregrinos llegan con su ofrenda que va desde una oración sencilla hasta mandas dolorosas para los mismos fieles.

Es medio día, en unos momentos iniciará la misa, el templo Guadalupano se llena de plegarias, oraciones, cantos, danzas, regalos, flores… Y también de vendimia.

“¡Virgencita, protege a mi familia!”, es su petición, esa es su pesadumbre.

Isabela trata de encender una veladora, pero la emoción se lo impide, cuenta que desde hace dos años no ha podido ver la suya, los problemas y la falta de recursos la tienen agobiada.

Dice que su marido los abandonó en plena pandemia, los dejó sin ningún apoyo, está a punto de perder la casa y para colmo de males, uno de sus hijos, de 16 años, tiene problemas de drogadicción.

“La verdad ya no sé qué hacer….Tengo un hijo que anda mal, muy mal y no quiero ese camino para él, lo aconsejo, pero no me hace caso, ahora vengo a pedirle a la virgencita porque ella sabe el dolor que causa un hijo descarriado, quiero que me le cambie su forma de pensar y de ser, ya que además de causarme a mi muchos dolores, también se los está causando a gente inocente”, lamenta.

Fernando Ramírez, originario de Guanajuato, acompañado tan solo de su devoción y una vieja cobija bajo el brazo y el manto protector de “mi madre guadalupana”, como él le llama, ayuda momentáneamente a Isabela a encender la veladora de la esperanza.

Los dos en ese momento unen sus penas, sus temores, sus esperanzas y caen de hinojos ante la Guadalupana porque tienen confianza de que no los va a desamparar.

El amor guadalupano es evidente en niños y adultos, en hombres y mujeres, en ricos y pobres, en famosos y no famosos, de la misma forma en que la simbiosis cultural en que hace 491 años, se dieron las apariciones de la guadalupana, una vez más se hizo presente.

Durante todo el día el fervor por la Virgen está presente en los miles de sinaloenses que acuden a la lomita, llenan el atrio, suben las escaleras unos a pie otros de rodillas para llegar y postrarse ante la Virgen y pedir por sus necesidades.

Muchos entran de rodillas al atrio. Su emoción y religiosidad, combinada con cansancio provoca que más de alguno empiece a llorar. “¡Gracias! ¡Gracias Madre Mía”, exclama una de las mujeres al momento de ingresar, luego la petición, la promesa y la oración que se volverá a repetir el año que viene.

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