Irene Medrano Villanueva
“¡Un soldado en cada hijo te dio!”, señala una estrofa de nuestro Himno Nacional. Sin embargo, desafortunadamente pocos, o nadie, hacen eco de la profundidad de este pronunciamiento. Nuestros soldados literalmente se están muriendo en el campo de batalla para cuidar nuestra integridad, nuestros bienes y, sobre todo, para darnos paz y permitirnos transitar sin zozobra en el territorio de nuestro querido México.
En Culiacán, principalmente, vemos a los soldados bajo temperaturas de más de 40 grados, a pleno mediodía, en retenes, recorriendo calles, realizando labores de inteligencia. Muchas veces se les observa exhaustos, cansados; a veces incluso los sorprendemos echándose un “coyotito”, sentados sobre las hieleras que llevan en sus patrullas. Pocos se conmueven ante este retrato, digno del mejor muralista.
Necesitamos una narrativa donde no se engrandezca ni se idealice al criminal, ni se minimice la labor del soldado. El soldado es un héroe anónimo al que pocos reconocen y muchos satanizan.
Es inadmisible que nos dividamos entre “chairos” y “fifis”, o lo que es lo mismo, entre buenos y malos. No permitamos que los partidos y colores nos separen; todos somos mexicanos y vamos en el mismo barco.
Entre quienes pueden sacarnos adelante de esta violencia que tiene aterrada a más de la mitad de los mexicanos, está nuestro glorioso Ejército Mexicano. No le demos la espalda en estos momentos tan cruciales.
Creo que la mayoría de los mexicanos no nos detenemos a pensar en las madres, los hijos y las esposas de miles de soldados que a diario salen a resguardar el orden nacional y que, a veces, quedan en el camino. Si no pensamos en la angustia de esas familias, mucho menos elevaremos una oración por el soldado caído cumpliendo con su deber.
El asesinato de militares busca obligar al gobierno a retroceder y dividir a la sociedad. No podemos permitir que esto suceda. Hay que apoyarlos, no denostarlos: brindarles una sonrisa, un “estoy contigo”, darles facilidades para que realicen su trabajo, porque como civiles poco más podemos hacer.
Debemos ser empáticos. Son la punta de lanza en el combate a la delincuencia, están en la primera línea, con aciertos y errores, pero son quienes se la juegan a diario. Los vemos en patrullas, bajo temperaturas que alcanzan los 40 grados; nada los detiene. Y aun así, algunos sinaloenses los maltratan, de forma despectiva, diciendo: “ahí vienen los ‘pinches wachos’”.
Ser soldado es como cualquier otra profesión, pero más ingrata: abandonan a su familia, no ven crecer a sus hijos, no están en los momentos más importantes de sus vidas. Y su recompensa, desgraciadamente, es un salario mísero por servir a su patria.
Los salarios son desiguales. Pongamos un ejemplo: un soldado y un abogado. Mientras el soldado vive a la intemperie, durmiendo en el suelo, entre moscos, calor o frío, sin descanso —pues el deber llama en cualquier momento—, el abogado vive en una mansión, disfruta de su familia, vacaciona, descansa cuando quiere, tuerce la ley, libera al malhechor y gana un dineral. Así, muchas veces, de nada sirvió el sacrificio del militar.
Sé lo que están pensando: que también hay soldados que se corrompen. Sí, pero son los menos. El Ejército es una de las pocas instituciones que se mantiene íntegra, un orgullo para los mexicanos. Por ello, hay que cuidarlo.
Para que, cuando cantemos nuestro Himno Nacional, podamos erguirnos y, a pulmón abierto, gritar:
¡Oh patria querida! Que el cielo un soldado en cada hijo te dio…
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